lunes, 4 de abril de 2016

Ciudades como procesos



Desde los años 60, varios autores, entre ellos Jane Jacobs (con dos libros que todavía se mantienen actuales), han descrito a las ciudades como procesos dinámicos, donde el crecimiento, los cambios y la renovación son continuos.

VICTOR ARTÍS

En la tercera década del siglo pasado, un Congreso Internacional de Arquitectura Moderna (CIAM), propuso en la Carta de Atenas, la organización de las ciudades en zonas exclusivas: la vivienda, el trabajo, el comercio, la recreación, la circulación y demás actividades tendrían cada una un ámbito propio.  

El planteamiento rechazaba  la mezcla de usos, la ineficiencia y el caos urbanos y propuso evolucionar hacia unos ordenados marcos estáticos donde insertar bellas piezas arquitectónicas. Coincidentes con la Carta de Atenas, serían los campamentos petroleros, donde el mantenimiento se ocupa hasta de suplantar los bombillos quemados. Sin embargo no son ciudades.  Allí  no hay nada de que quejarse.  Pero la perfección aburre y hastía.

Desde los años 60, varios autores, entre ellos Jane Jacobs (con dos libros que todavía se mantienen actuales), han descrito a las ciudades como procesos dinámicos, donde el crecimiento, los cambios y la renovación son continuos. Califican la ineficiencia de las ciudades como lo más eficiente de ellas, porque enfrentarla acumula experiencia y genera saberes. Asumir las ciudades como una sucesión interminable de cambios induce a que la planificación sea un proceso continuo, dedicado a evaluar  las situaciones día a día,  a implantar ajustes en los planes y a intervenir en la formulación de los presupuestos de inversión. 

Si las ciudades se entienden como procesos dinámicas, no como estáticas, deberíamos diseñar las secuencias a seguir, tema ignorado en los planes urbanísticos ortodoxos (rectores, directores, maestros, reguladores, etc.), que como visiones congeladas, no definen etapas ni prioridades. Soslayan tanto el proceso como el monto y la disponibilidad de recursos para ejecutarlo. Por esta forma rígida de entender el planeamiento urbano, los gobiernos contratan la formulación de planes a instituciones, empresas o personas quienes intervienen como espectadores y se desentienden una vez cumplidos sus compromisos. En su lugar deberían contar con dependencias propias, bien preparadas y capacitadas para detectar y canalizar las fuerzas generadoras de cambios.

La legislación urbanística vigente establece los medios para guiar las ciudades, las autoridades a cargo y el tipo y alcance de los planes, todo condicionado para concebirlos como  instrumentos estáticos.   Por eso los planes se promulgan con vencimiento y no existen disposiciones para actualizarlos, bien para incorporar nuevas decisiones o para incluir áreas recién desarrolladas. Salvo una definición general de los planes especiales, nada reglamenta la renovación de sectores urbanos, aspecto indispensable para ajustar el crecimiento  vertiginoso y en su mayor parte espontáneo de las ciudades.

Caracas ha intentado renovar en El Paraíso, El Rosal, Las Mercedes y Campo Alegre con cuatro elegantes Ordenanzas, no cumplidas en cuanto a dotación de equipamientos, vialidad y servicios públicos.  Aumentaron las densidades, se recaudaron contribuciones y tal como se “guisò” en Los Palos Grandes, nada mejoró la ciudad.  Es mayor el caos en lugar de disminuir y así seguirá sucediendo mientras falte legislación que defina rezonificar como sinónimo de reurbanizar, que obligue a elaborar proyectos completos de urbanismo y a ejecutarlos antes de disfrutar los cambios de zonificación.

El Universal
02-04-2016
Recopilado por:
Lic. Henry Medina
Administrador del Grupo Yahoo corredor_inmobiliario
Asesor Inmobiliario, de Seguros e Inversiones
twitter: @Henry_Medina
hmedina30@yahoo.es



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